sábado, 2 de febrero de 2008

Habitación con vistas.

El pasaporte descansa viejo y cortado sobre el montón de caducados carnets de identidad, de vuelo, de biblioteca y de no sé cuántas estrictas instituciones pasadas. Los libros de la universidad duermen acumulando polvo mientras esperan alguna consulta que nunca llega y recuerdan a quien los mira más de uno y de dos desengaños forjados en las aulas y cafeterías de la Hispalense. Decenas de asignaturas, supuestamente no pendientes, recostadas unas sobre las otras.

Curiosamente, husmeando hoy entre legajos, después de tres mudanzas, y para mi regocijo particular, aparece el cuaderno de campo de aquellas prácticas que, fíjate tú por dónde, resultó no haberse perdido en el caótico despacho de Don Manuel. Con la de veces que se lo eché en cara y le puse verde por aquello. Entre bibliografías y notas de campo aparece una carta a Marta en la que analizaba la convulsa situación de su quebradiza Argentina, le hacía algún guiño, y le contaba sobre mi inexperta vida sentimental. Algunas líneas al margen me servían para recordar que tenía que escribir aquella otra carta anónima de agradecimiento a mi histriónico profesor de historia.

Por un momento poso mi vista sobre la fotocopia de un libro, sujetas sus hojas por un alambre negro en espiral, y recuerdo aquella noche de vino rosado, poesía de Pessoa y música de Preisner. Era una de aquellas noches casi perfectas de los largos días de retiro de estudios en la casa del Hada junto al mar. Y con mi letra de entonces, en la última página, podía leerse en una nota sobre papel amarillo auto-adhesivo: "La verdad es hija del tiempo".